Por Paulina Faba
La reciente aprobación de la nueva Ley de Artesanía ante el Senado junto con la propuesta de crear una Alameda de las Artes -planteada en una carta colectiva publicada el 30 de agosto de este año en El Mercurio por representantes de instituciones como el Teatro Municipal, el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM), la Biblioteca Nacional y el Centro Cultural CEINA, entre otras- abren una oportunidad histórica: replantear el lugar de las artes populares en Chile y vislumbrar espacios más protagónicos para estas expresiones.
Esta oportunidad es urgente. A pesar de la riqueza de las artes populares -que abarcan distintas materialidades como fibras vegetales, cerámica y textiles- los centros culturales en Chile las han relegado constantemente a un papel secundario en el desarrollo económico y creativo de nuestro país. Esta realidad es contraproducente, pues las expresiones de arte popular encarnan testimonios vivos y dinámicos de formas colectivas de conocimiento situado y territorial, primordiales para potenciar un desarrollo económico y social arraigado en identidades, memorias y procesos creativos que hacen de Chile un territorio único.
El concepto de arte popular es esquivo, pues reúne una diversidad de expresiones distintas que tienen como denominador común una relación estrecha con los territorios de nuestro país. A menudo se les ha pensado como tradiciones y expresiones artesanales inmutables a través del tiempo. No obstante, basta con tomar ejemplos como la loza policromada de la Región Metropolitana o los murales y textiles urbanos de vocación política, para observar que el vitalismo de estas expresiones está en la reinvención constante del medio para abrir nuevas posibilidades de reflexividad y creación.
Como refiere Alejandra Martí en una columna publicada el 16 de julio en El País: «La verdadera vitalidad de una ciudad no reside sólo en sus grandes eventos o en sus industrias de vanguardia, aunque estas sean fundamentales. Emerge de la creatividad cotidiana: de la capacidad de sus habitantes para adaptarse, para generar soluciones ingeniosas en sus comunidades, para preservar su memoria colectiva, dar nueva vida a espacios olvidados y forjar lazos que tejen una red social resiliente».
Las artes populares manifiestan precisamente esta resiliencia y creatividad. Por eso, pensar los espacios culturales como espacios cuyos límites están marcados por sus muros institucionales es incongruente. Las formas de creatividad que nutren y dan vida a nuestras ciudades se manifiestan en un apego, experimentación y exploración de los territorios que debería hacer que las instituciones culturales rebasen sus límites físicos para extenderse a las calles y barrios que las circundan.
Un ejemplo histórico ilumina esta propuesta. Imaginemos por un momento la Alameda durante la segunda mitad del siglo XIX. Es Navidad. Por las calles transitan decenas de personas buscando regalos para sus seres queridos. En las veredas, diversos stands ofrecen objetos únicos: ollas, esculturas de personajes populares y utensilios hechos de gredas de distintos colores provenientes de Pomaire, Quinchamalí y la Región Metropolitana. Es la Alameda de las Artes Populares, que reunía periódicamente estas expresiones artísticas en el corazón de nuestra ciudad.
Las artes populares deben poblar nuevamente nuestras calles y nuestros barrios, no sólo para activarlos económicamente, sino también para construir un arraigo identitario que es, al mismo tiempo, la vitalidad misma de los procesos creativos.
En ese escenario urbano se desarrolló una extraordinaria innovación en el arte de la loza policromada metropolitana. Esta pasó de reflejar el pensamiento religioso y meditativo de las Monjas Clarisas (ubicadas en el convento situado en el lugar que actualmente ocupa la Biblioteca Nacional) a desarrollar una reflexividad sobre lo cotidiano en los espacios domésticos, rurales y urbanos que se encontraban sufriendo importantes cambios producto de los procesos de modernización entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Las artes populares deben poblar nuevamente nuestras calles y nuestros barrios, no sólo para activarlos económicamente, sino también para construir un arraigo identitario que es, al mismo tiempo, la vitalidad misma de los procesos creativos. Repensar los espacios de las artes populares en Chile equivale a repensar lo que entendemos por estas expresiones: no solo como aquello asociado al folklore, el patrimonio y las tradiciones, sino también como laboratorios de creación que se apegan a la experiencia territorial como fundamento.
La Alameda de las Artes Populares que aquí proponemos no es un proyecto centralista que concentre las expresiones culturales en Santiago, sino todo lo contrario: una metáfora de cómo las ciudades pueden convertirse en espacios de confluencia y contacto entre diversos territorios. Así como aquella Alameda decimonónica reunía la cerámica de Pomaire, Quinchamalí y la Región Metropolitana, el desafío actual es construir tramas compartidas. Erigir espacios y experiencias que conecten los centros urbanos con sus territorios rurales circundantes y con otras regiones del país. Bajo esta perspectiva, cada ciudad debería desarrollar sus propias «alamedas», espacios donde lo local dialogue con lo nacional, donde los conocimientos territoriales encuentren canales de creación, circulación y reconocimiento más allá del centralismo que históricamente ha caracterizado -y empobrecido- el ámbito cultural chileno.
La Alameda de las Artes Populares no debe ser sólo una evocación nostálgica del pasado, sino un proyecto concreto para el presente. Con la nueva legislación sobre la artesanía, además de la creación del Día Nacional de la Artesanía, cuyo primer hito se acaba de celebrar el pasado 7 de noviembre, además del impulso de crear un “corredor cultural” que articule instituciones culturales como la Biblioteca Nacional, el Centro Cultural GAM, el Centro Cultural CEINA, entre otras, tenemos la oportunidad de devolver a las artes populares el protagonismo que merecen en el espacio público.
La historia ya nos mostró que cuando esto ocurre, la innovación y la creatividad florecen. Es momento de que nuestras instituciones culturales crucen sus umbrales y salgan al encuentro de esa vitalidad que ya existe en los territorios, esperando ser reconocida y potenciada por los diversos actores que confluyen hacia el fortalecimiento del vitalismo creativo y reflexivo de nuestro país.
Por Paulina Faba
Directora del Museo de Arte Popular Americano. Facultad de Artes Universidad de Chile. Investigadora Responsable Fondecyt 1251197. [email protected]
Fuente fotografía
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.
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