Por Igor Mora de Revista La Lengua

Este relato comenzó como una reseña sobre “La Corazonada”, la última película del director chileno Diego Soto. Se debe adelantar esa confesión. El contexto era su estreno en la versión 32° del Festival de Cine de Valdivia, donde una ovación de varios minutos al final de la función hacía prever la obtención de un reconocimiento. De hecho, lo fue, pues obtuvo el Premio del Público y una mención especial del jurado en la Selección Oficial de Largometraje.
Luego vino el Festival de Cine de La Serena a fines de octubre, donde obtuvo el Premio Especial del Jurado. Los aplausos se repitieron en las salas y este relato aún era una reseña.
Hace pocos días, “La Corazonada” se presentó en el Festival Internacional de Documentales de Santiago —FIDOCS—, donde nuevamente tuvo una buena recepción por parte del público y, si bien no obtuvo premios, ya logró instalarse como una de las películas chilenas destacadas del 2025, de la que se espera su pronta llegada a los cines.
En este intento por comprender las razones del éxito de “La Corazonada”, esta reseña se empieza a desdibujar para entrar en una explicación más íntima —quizás—, pero más verdadera, que es justamente la forma, fondo y esencia que marca el cine del joven director chileno.
De lo que quedó de reseña podemos decir que la película trata de Nieves, administradora de un pequeño centro de eventos que tiene en su parcela, donde vive junto a su hijo. En una de estas fiestas o “parcelazos” conoce a un motoquero de la vieja escuela que se enamora de ella.
Mientras esa incipiente relación se ahogaba en problemas, llega hasta la parcela un equipo de producción que buscaba locaciones para rodar una película de amor, donde los protagonistas eran personas mayores. Ese fue el germen de una combinación que mezcla planos de realidad y ficción, donde los tíos verdaderos del director (Natacha García y Germán Insunza) representan a actores que, a su vez, actúan como una pareja que se enamora. Un movimiento sutil, pero genial, que hace de la película un ejercicio donde se cruzan realidades y ficciones unidas por el “enamoramiento”.
Y es aquí donde la reseña ya abiertamente se convierte en un relato de admiración hacia la forma de hacer cine del director, quien, como mandato fílmico, apela a la intimidad familiar para hablar sobre las relaciones humanas, tal como ya lo hiciera en su anterior largometraje “Muertes y maravillas”.
Lo decía León Tolstoi: “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”. Una idea aplicada a la perfección en “La Corazonada”, pues retrata con tal detalle la intimidad que es capaz de delinear aquellos gestos que solo uno, como familiar, amigo o cercano, puede evidenciar como amor puro y legítimo. Actuaciones tan genuinas como el sentimiento mismo.
Así se logran escenas memorables por su belleza y parsimonia, pero, sobre todo, por su verosimilitud. Nos habla desde la franqueza y desde la profundidad de lo simple.
Lo decía Diego Soto en una entrevista en el marco del Festival de Valdivia: “La manera en que filmamos (…) es una búsqueda de decir «hay belleza en un espacio que nadie mira». Un poco como la oda a la cebolla, esa lógica de buscar lo sublime en las cosas cotidianas”.
Y este relato, que partió siendo reseña, mutó en una explicación para terminar siendo abiertamente una declaración. Pues si “La Corazonada” nos invita tan abierta y honestamente a amar, ¿por qué no enamorarnos de ella?
Prontamente en cines.


