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El teatro como herramienta de desarrollo contra el síndrome del impostor en mujeres


Después de 15 años trabajando como ejecutiva top de Microsoft, la ingeniero civil en electrónica Carolina Vega observó un patrón recurrente en su entorno: mujeres increíbles profesionalmente a las que les cuesta creer en sus capacidades. El famoso síndrome del impostor que se apodera de ellas limitando sus posibilidades de crecimiento laboral.

Carolina Vega se dio cuenta entonces de que quería emprender e ideó una metodología para luchar contra una pregunta incómoda: ¿cuánta productividad y valor se pierde cuando mujeres profesionales y trabajadoras  altamente competentes dudan sistemáticamente de su propio desempeño?

Así nació Impacta: la primera aceleradora de liderazgo en Chile que integra el teatro como herramienta central de desarrollo.  “Reírse de una misma con otras mujeres alrededor baja la tensión de inmediato”, comenta Carolina Vega sobre una iniciativa que inyecta un valor lúdico al fortalecimiento de la autoestima laboral.

La metodología incorpora el teatro como una herramienta práctica de desarrollo humano dentro del proceso”, explica Carolina Vega.

Y agrega: “El juego teatral pide presencia (estar aquí y ahora), escucha activa y conexión con otras. A través de juegos de rol, improvisaciones, trabajo de voz y escenas autobiográficas o colectivas, se va fortaleciendo la autoestima, la regulación emocional y la claridad interna. Y pasa algo muy potente: cuando miras a otra mujer contar una historia en escena, de pronto ves tu propia vivencia desde un ángulo que antes no habías podido nombrar. El teatro te presta distancia y espejo a la vez: convierte experiencia en conciencia, y conciencia en liderazgo”.

 -¿Cómo ha sido la recepción de las ejecutivas al explorar sus capacidades desde la expresión corporal?

-Ha sido muy positiva, y también bien humana: muchas ejecutivas llegan con la cabeza a mil, muy entrenadas para pensar y resolver, y poco invitadas a habitar el cuerpo en un espacio laboral. Cuando con Bárbara Ricciulli empezamos con el juego, movimiento, respiración y dinámicas de confianza, suele pasar que baja la tensión, aparece la risa, sube la disposición a participar. Y cuando el espacio se siente seguro, sin juicio, se aflojan barreras muy propias de nosotras: esa autocrítica despiadada que te aprieta antes incluso de intentarlo. En cambio aparece tranquilidad, sensación de acogida, y con eso cambia el lente: lo que antes se veía como “riesgo”, se empieza a vivir como aprendizaje. Ahí se activa algo que la psicóloga Carol Dweck describe muy bien como mentalidad de crecimiento: las mujeres miran el desafío como una oportunidad de explorar y disfrutar, con la frescura de cuando una está dando sus primeros pasos.

Un tema interesante de analizar sería lo que más les cuesta a las mujeres es identificar y asumir sus logros laborales. “Lo que más les cuesta, por lo que he visto en mis mentorías, suele venir por dos lados. Primero, nombrar su huella”, explica la experta:

“Trabajamos duro, resolvemos, sostenemos equipos… y aun así, cuando alguien pregunta ´¿cuál es tu valor?´, la respuesta sale genérica, sin peso. Falta lenguaje para explicar cómo marcamos a otros, qué talento se repite en nuestra historia, qué experiencia nos respalda y qué visión de largo plazo vuelve única nuestra mirada”.

La segunda arista a considerar es el costo social de mostrarse exitosas y ambiciosas: A muchas nos educaron para ser agradables, correctas, ‘buenas niñas’: hablar bajito, no incomodar, preocuparnos por los demás”, explica y sigue:

“Entonces, cuando toca hablar de talentos, logros o proyecciones y expectativas, se activa el freno: `voy a sonar pesada’, ‘van a pensar que me creo’, ‘mejor lo digo suavecito’. En simple: a veces la ambición en una mujer se interpreta como algo negativo, y eso te hace autocensurarte antes de abrir la boca. He visto esa escena infinidad de veces: una mujer brillante bajándole el perfil a sus logros y éxitos como si fueran ‘nada especial’”.

-¿El teatro sirve para hackear el síndrome del impostor?

-Sí, sirve muchísimo. En la práctica, el teatro te da un laboratorio seguro para hacer justo lo que la impostora intenta bloquear: exponerte, probar, equivocarte, volver a intentar… con testigos. Y ahí ocurre algo bien evidente: el problema casi nunca es capacidad, es la inseguridad acumulada de años de juicio (propio y ajeno) y el hábito de dudar de una misma justo antes de hablar o mostrar algo.

Una de las dinámicas que utiliza junto a Marcela Donetch en sus talleres para romper el hielo en este proceso de “hackeo” del síndrome del impostor es la parodia. En ella, las participantes construyen una representación exagerada de su propia “máscara”: amplifican la voz impostora, la caricaturizan y la llevan a escena.

El resultado, describe, es profundamente liberador. Reírse de sí mismas en compañía de otras mujeres reduce de inmediato la tensión y transforma ese dolor compartido en algo más liviano y conversable. A partir de esa experiencia, el cuerpo se relaja, la voz gana firmeza y la mente comienza a orientarse hacia una lógica de crecimiento, entendiendo que las habilidades se aprenden, se entrenan y pueden cambiar.



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